sábado, 26 de julio de 2008

Invasión de sinaloenses

No sé muy bien como es el dicho, pero algo así como que las visitas dan dos alegrías: Una cuando llegan y otra cuando se van. La verdad, ahora que ya no están puedo decir que disfruté mucho de tener aquí a parte de mi familia, sobre todo a mi abuela, una mujer con mucha sabiduría, alegre, que su principal pasión es el baile y a quien admiro por tener mucho en cuenta eso de que nunca es tarde para aprender, recuerdo que ya siendo mi abuela la he visto estudiar primeros auxilios, inglés, corte y confección, cultura de belleza, tejido, manualidades y ahora está estudiando pintura. Una mujer que ya tiene 77 años, y con el paso del tiempo se vuelve más pequeña, su cuerpo se ha ido haciendo más delgado y pequeño, y ella de repente tiene actitudes de niña, no lo reprocho ni se lo menciono, es la edad. Frente a la computadora tengo el primer cuadro que pintó ahora con esta clase, el monumento a los monos bichis, como le decimos los de Mazatlán, que en realidad se llama Monumento al Pescador, como valoro que me lo haya regalado a mí. Con ella vinieron unos primos, y aparte vinieron el Beny, su esposa Marcela, y los niños, también mis primos. Qué afán les da a mis primos por decirme tía, por más que los corrijo terminan diciéndome siempre tía, si es cierto que soy un poco más grande que ellos, durante un buen tiempo pude ser la única nieta de mi abuela Mery, pero todos ellos son mis primos, bueno, es por demás. Disfruté mucho la presencia de todos ellos, con todo y que de repente los niños pueden ser gritones, ahora que no están en mi casa los recuerdo con alegría. Hoy se regresaron a Mazatlán los últimos, quedamos en mi casa la Paulina, que juega al playstation, el Oso que duerme bajo mi silla, y el Kalitán, el perro que dejaron de encargo mis vecinos. Cuando estuvieron aquí de verdad sufrí por dormir algunos días en un colchón inflable, de repente quería jugo y ya no había, quería el control de la tele y optaba por ponerles las caricaturas, quería dormir más tarde. Pero ahora que ya se fueron, extraño las idas de compra al otro lado con el Beny y Marcela, extraño que el Diego se brincara al colchón individual donde yo dormía, y hasta los gritos con los que platica el Sebastian. Extraño platicar con mi abuela, la risa tímida de la Monse, así como la cara de niño del Gordito. A pesar de que parece que pasó un torbellino por mi casa, y mi bolsillo quedó vacío, fue un gran regalo que todos ellos hayan venido. Y no, no me dieron una alegría al despedirse, sino que me dejaron un grato recuerdo con su visita.

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