

Para llegar, tal parecía que estábamos en otra ciudad, no había letreros, parecía un pueblo, teníamos que ir preguntando, pero ya cuando por fin vimos que había flores, sabíamos que el cementerio estaba cerca.
Vimos una fachada decente, un letrero y en el interior parecía jardín, pero no, ese era un panteón particular, de los muertos ricos, atrás estaba el que buscábamos el panteón municipal número 12.
Como una película de terror, no se veía ni un alma, hacía mucho viento, había mucho polvo, eran cientos de tumbas, cientos de lágrimas que ahí fueron derramadas, cuerpos que yacen ya putrefactos bajo la tierra. Mientras mi compañera Laura se fue a entrevistar al encargado del panteón, decidí recorrerlo, lo primero que se ve son las tumbas de los niños, muchos de los que ahora ya serían unos adolescentes o quizá adultos, algunas de plano ya olvidadas, con muñecos sucios, viejos, ramas, fotos de niños cuyas almas no alcanzaron a madurar. En la parte de los adultos el panorama pintaba mejor, tumbas en el desamparo, quemadas, dañadas, malhechas, y una que otra con su lápida y hasta figuras de ángeles que contrastaban con las demás.
Al fondo del panteón, hasta al final unos trabajadores laboraban a marchas forzadas haciendo más y más hoyos, pues estos días han habido muchos muertos.
De entre la polvareda surgió una carroza, seguí tratando de enfocar mi mirada para ver el resto de la caravana, pero yo veía bien, llegó sola. Se bajó el conductor, ví una caja con estampado de flores, le pregunté si era una señora, me dijo que no, que era un señor, que no tenía familiares, pidió ayuda a los trabajadores, lo bajaron y enterraron, así sin más. Un ferétro de florecitas? Sólo hacen eso con los muertos porque ya no pueden reclamar. No hubo quien diera unas palabras, quien lamentara su pérdida, que lo llorara en el panteón, lo enterraron en un hoyo que ni siquiera tenía una cruz su nombre. Me dieron ganas de llorarlo, de lamentar su partida, de pedir por él, lástima que no me sabía ni su nombre...
Otra vez la polvareda, pero esta vez la carroza si traía caravana, personas de negro lentes oscuros, ahora sí parecía funeral, gente llorando. El chofer de la carroza traía prisa, el espacio donde meterían ferétro aún no estaba listo, con la ayuda de conocidos de la difunta, sacó la caja, la pusieron en el suelo, y se alejó en el carro. La familia, con el ataud en el piso, tuvo que esperar a que los trabajadores terminaran de arreglar la tumba y seguir así con la despedida.
Salímos de ahí con la sensación de que aunque había poca gente, se sentía algo más, algo que no provocaba miedo, pero valía más ya no seguir ahí.
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